jueves, 13 de diciembre de 2018

HISTORIA A TRAVES DE UNA RIMA

DE CERO A NADA.

RIMA XXIII



Ayer sentado me pare a pensar en aquellos tiempos en los que le decía a mi madre que me iba a jugar al fútbol con mis amigos y cuando salía por la puerta corría hasta llegar a la puerta de su casa, solo para verle esa sonrisita que me hacía seguir siendo feliz cada día.
-Hola Julia, ¿qué tal llevas el día hoy? ¿Quieres salir a dar una vuelta conmigo?- le dije.
-Claro que si Carlos y así me da un poco el aire que estoy un poco mareada- me contestó.
Así que nos pusimos rumbo al parque de los árboles al que tanto nos gustaba ir juntos, revolotearnos por el césped y correr sin parar entre aquellos árboles en los que nunca veíamos el fin. Cuando empezamos a cansarnos Julia propuso ir a comer un helado al carrito que estaba situado en el comienzo del parque. Ella se decantó por uno de fresa el mismo que acaba eligiendo todos los días, pero siempre pregunta todos los que hay antes de pedir el de fresa, aunque ella sepa cual se va a coger desde el principio, pero a mí me encanta que lo haga ya que le divierte marear al heladero. Mientras nos lo tomábamos estuvimos hablando de lo poco que quedaba para que se terminara el maravilloso verano que estábamos teniendo.

Cuando nos acabamod el helado nos dirigimos hacia casa ya que se estaba acercando la hora de cenar y ninguno de los dos queríamos llegar tarde y que nos reñegaran. Acompañe a Julia hasta la puerta de su casa y le pregunte si podía salir un momento su madre.
-Hola Doña Carmen mi madre me ha dejado el recado de decirle a usted y su marido de que si podríais mañana asistir a una cena en mi casa, mi madre dice que tiene que comunicarnos algo muy importante a todos, y por supuesto Julia tendrá que venir y cenar conmigo.- comunique.
-Claro que si Carlitos mañana sobre las nueve y media de la noche nos pasaremos por allí los tres y llevare una tarta de queso, de la que os gusta mucho a Julia y a ti.-me respondió.
Me despedí y me fui corriendo a mi casa para no llegar tarde.
Cené y entusiasmado por la cena del día siguiente me eché a dormir, para estar descansado y poder hacer muchas cosas durante aquel día.
Se acercaban las nueve y mi madre me mando poner la mesa para todos, ya empezaba a oler esa maravilla de plato que cocinaba mi madre siempre que venían invitados a cenar, siempre, desde pequeño me ha encantado comer pollo asado con patatas, y como no siempre venían invitados hoy había que aprovechar para comer.
Comencé a poner la mesa y situé a los padres de Julia en el lado derecho de la mesa y enfrente mis dos padres, claro ya que era una mesa muy grande Julia y yo íbamos a estar sentados al lado y lo más alejados posibles de esas conversaciones que tanto odiábamos los dos.
Sonó la puerta y me acerque a abrir, eran ellos tres y venían con el pastel. Qué guapa venía Julia, llevaba un vestido de color rosa pastel y blanco que le combinaba perfectamente con sus florecitas de la cabeza también de los mismos colores. 
Les ofrecí pasar y les enseñe donde tenían que sentarse, mi madre comenzó a sacar los platos de ese rico pollo del que os he hablado y comenzaron a hablar, Julia y yo como de normal cuando cenábamos juntos no les hacíamos nada de caso, pero de repente escuché decir a mi padre que ya habían terminado de ahorrar el dinero para podernos ir a vivir a Sevilla, que había encontrado una casa en la que íbamos a vivir los tres de maravilla.
No sabía cómo reaccionar a lo que había escuchado, estaba esperando que eso fuera una pesadilla y que me despertara. Pero no, no era un sueño era todo de verdad.
Mi padre me conto todo bien empezando por el principio, nos íbamos a ir a vivir a Sevilla ya que a mi padre le habían traspasado el trabajo allí y estaba muy a gusto. Me comentó que habían encontrado un colegio bilingüe en el que iba a tener muy buenos estudios y amigos, que allí la gente es muy social.
En esos momentos se me cayó el alma, lo único que se me venía a la cabeza era preguntarme como iba a poder vivir sin Julia, todos esas risas esos juegos, esas tardes comiéndonos un helado, ¿Dónde se iban a quedar?
Me enfade con mis padres y me subí llorando a mi cuarto, no entendía como podían hacerme eso. Detrás vino Julia a consolarme, ella también estaba triste pero me decía que íbamos a seguir hablándonos siempre, que con un e-mail que nos enviáramos a la semana o cada dos nos sobraba que nosotros nunca nos íbamos a separas aunque no estuviéramos el uno enfrente del otro.
Pasaron unas semanas y ya solo quedaban tres días para volver al instituto, esa misma tarde yo estaría cogiendo un ave para irme a Sevilla con mis padres. Ya solo me quedaba meter el neceser a la maleta para tener todo listo.
Me acerque hasta casa de Julia y me despedí de ella, me prometió que nunca nos íbamos a dejar de hablar ni a olvidar, y que me iba a estar esperando hasta que yo volviese de allí fuera pronto o fuera tarde. Le di una carta que yo mismo había escrito y le dije que no la podía abrir hasta que no pasaran las seis de la tarde, la hora en la que salía el ave hacia Sevilla. Tras muchos abrazos y algún lloro que otro le dije que en un par de días le hablaría y me despedí.
Cuando llegamos al ave coloquemos todas nuestras maletas en su sitio y nos fuimos a la mesa en la que nos tocaba sentarnos. De camino mi cabeza no pensaba nada más que en como reaccionaria Julia al leer la carta que le había entregado en las manos un par de horas antes en la cual ponía:

Mi querida Julia, no sé cómo explicarte todo lo que siento por ti. Llevo mucho tiempo queriéndotelo decir pero sin saber cómo, y de la forma más cobarde, por una carta y sin mirarte a la cara te lo escribo. Eres la persona que me alegra cada mañana cuando te veo sonreír, cuando me dices buenos días o incluso cuando te enfadas conmigo. Sé que es tarde y que ahora no puede pasar nada entre nosotros, pero Julia te quiero como nunca había querido a nadie.

Dos días después de llegar le escribí y le pregunte sobre todas las cosas de por allí, su estado de ánimo y si había leído la carta. Le describí como era Sevilla y todo lo que había visto durante esos dos días.
Ese mismo día me contesto y me respondió a todo, pero lo que mas me marco del e-mail fue lo que me dijo sobre la carta, me dijo que ella sentía exactamente lo mismo pero que no había tenido el valor para poder confesarlo, me dijo que aunque no tuviéramos en estos momentos una relación ella me iba a seguir queriendo y esperando para que cuando yo regresara a vivir al pueblo pudiéramos estar juntos por siempre.
Tras unos meses contestándonos el uno al otro llego una temporada en la que ella empezaba a tardar una o dos semanas en contestar, y lo hacía con una actitud más fría y desganada. Yo le preguntaba pero ella siempre respondía que estaba igual que siempre lo único que andaba un poco agobiada con los últimos exámenes antes del verano y por eso no podía contestar tan a menudo.
Un día le escribí diciéndole lo contento que estaba ya que iba a ir dentro de dos semanas a visitarla a Madrid y que me iba a quedar todo el verano. Pero no me contesto, y yo pensé que sería por los exámenes como ella me había nombrado.
Al cabo de dos semanas le escribí otro mensaje en el que ponía que ese mismo día viajaba a Madrid, que se preparara porque le iba a dar un inmenso abrazo que le dejara hasta sin respirar.
Llegamos a Madrid y lo primero que hice fue ir corriendo desde la estación hasta casa de Julia, pero cuando llegue nadie me abrió la puerta, entonces decidí llamar al vecino y preguntarle si sabía si Julia estaba en casa, y el me respondió:
-Pero muchacho usted no sabe que la señorita Julia cogió una enfermedad muy grave y estos últimos días a estado muy mal, y ayer por la noche los médicos no pudieron hacer nada por ella… si quieres saber más ves a hablar con sus padres, ellos están en el tanatorio, estaban destrozados.
En esos momentos se me cayó el alma al suelo, no sabía ni el sentido que tenía mi vida, ¿de que me servía vivir sin ella?, ¿porque no me contó que estaba enferma? Empecé a correr llorando camino del tanatorio, quería verla por última vez, decirle a la cara aunque no me escuchase todo lo que la quiero, despedirme de ella…
Cuando llegue al tanatorio vi a su madre llorando desconsolada, cuando me vió me explico todo, y el porque Julia no quería que yo me enterase, no me lo contó porque no quería preocuparme, ella quería que yo fuera feliz ya que ella ese mes no pudo serlo. Me dejó una carta en la que escribía todo lo que me quería y lo mucho que sentía no habérmelo contado, y ella también había escrito una rima del poeta Bécquer:
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no sé
que te diera por un beso!

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